Whatever will be, will be.

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jueves 25 de agosto de 2011

El primer personaje

Debe tener una obsesión, debe ser codicioso, debe estar orgulloso de lo que hace. Todo lo que empieze debe terminar. Sería un gran personaje si fuera escritor, o si por lo menos le gustara escribir.

Vamos a llamarlo Martín y vamos a darle... 13 años, para empezar. Una edad dónde las fascinaciones y los caprichos surgen con mucho furor.

Tendrá un compañero, un amigo. De esos que te copian todo. Y del que se va a copiar también. El amigo tendrá un capricho, como todo niño. Este soñará con tener su biografía escrita, con tener un documento que redacte todos sus juegos, sus aventuras, sus sueños y chistes. Martín, dominado por la emoción de escribir decidirá hacerse cargo de semejante desafío. Noche y día irá detrás de su compañero para escuchar cada una de sus historias, cada detalle, para hacer la más perfecta biografía que mundo hubiera hecho. Pero el tiempo pasa y los chicos crecen. Aunque el sueño y la emoción de Martín no desaparecieron, el capricho y el juego de su amigo cambiaron por cansancio y nuevos sueños. El capricho de un niño pasó a ser un dicho pasajero. "Éramos chicos", dirá. Pero nada de lo que diga sacará a Martín de su camino. Decidido a terminar lo que empezó, lo perseguirá, lo observará todos los días. El futuro libro era su futuro, y su vida en el presente era el boceto de todos los días. Su pasión se había convertido en una obsesión. Y dejará de lado muchas cosas. Al amor de su vida, a su familia, a sus amigos, todo por su único destino en la vida.

Pero así como el tiempo a veces pasa. Otras veces no puede avazar más. La muerte del amigo, protagonista del trabajo de Martín, dejará llena de incógnitas las siguientes hojas. La imagen del Martín escritor se quiebra para modificarla levemente. La fotografía es la de Martín, escribiendo el fallecimiento de su amigo mientras llora torrencialmente, a causa de la interna lucha entre el dolor y su obsesión. Las letras habrá encontado su final demasiado pronto, y sin hojas que llenar, Martín no sabrá ya lo que es un sueño.

Alejandro Martín Cabrera

miércoles 25 de mayo de 2011

Camino en línea

Soy... me llamo Martín y estoy orgulloso de mi nombre porque es simple y fuerte a la vez. Me encanta caminar en la línea de las baldosas, cuando la calle no tiene algo mejor que ofrecerme. Casi que he aprendido a desfilar por la ciudad, siempre con un pie delante de otro. Tengo muy buen equilibrio gracias a esa actividad que de chico fui desarrollando. Sin embargo, la calle siempre me engaña, por lo que suelo tropezarme casi todos los días con algo. Nunca me llego a caer, como dije antes, tengo un buen equilibrio.

Me gusta mucho el nombre Lucía. Si alguna vez, Dios quiera, llego a tener una hija, no dudaría un segundo en ponerle ese nombre. Me resulta encantador.

Creo en el amor como un sentimiento único e irrepetible entre dos personas. Tengo la virtud de ser tan abierto, que también creo en el amor propio y en un amor que puede surgir entre tres o más personas. Pero creo que el amor se vive una sola vez, y que lo que existen antes son sentimiento pasajeros. Creo que si una relación no es para siempre, no es amor.

Creo en un destino que está escrito. Nadie puede cambiar lo que va a suceder en la vida de cada uno. Sin embargo, no es cuestión de relajarse en un sillón a dejar que el tiempo pase. Cada acción que uno realiza, todos los caminos que uno puede tomar en su vida, son parte de ese destino, pero uno solo tiene continuidad y está escrito. Sería como creer en el destino sin pensar en el destino.

Tengo una relación extraña con la oscuridad. Por momentos me asusta, y mucho. Pero por el otro lado, es un ambiente ideal para estar solo, cuando la cabeza lo necesita.

Soy totalmente desinteresado de la impresión física que puedo llegar a causar en la gente. No creo en la superficialidad, aunque sí pienso en ella para convivir con el resto de la sociedad.

No sólo creo tener el mejor nombre, sino también el mejor signo: Acuario. También tengo la mejor fecha de nacimiento de la historia: 10 de febrero. Y no es porque sean mis fechas, mis cosas. Realmente le diría a cualquiera que tenga esas cosas, que son las mejores del mundo. Y estoy seguro que sino tuviera esas fechas, esas cosas, pensaría igual.

Sueño con el día en que alguien me llame a mi casa, me invite a tomar un café, y me pida que le escriba algo. Si hay algo que me da placer es escribir. Siento que soy cada palabra, cada letra, y que puedo volvar y ver lo que nadie puede. No creo tener un don, pero si creo que soy un don.

No me gusta alardear de nada. Incluso prefiero no contar las cosas. Odio aburrir a la gente y prefiero que me odien por mi silencio que por mis historias.

Muchas veces pienso que soy un tesoro, una de esas personas que a la gente le gustaría tener al lado, o cerca, siempre.

Realmente tengo un potencial que nadie quiere descubrir, y que no me gusta mostrar.

No entiendo lo que es una amistad, porque mi imagen mental no se corresponder con lo que sucede en el mundo. Quizás parezca una gran persona virtual, pero me gusta el contacto visual, el cara a cara.

Me gusta escuchar a la gente. Me gusta ser aquella persona con la cual la gente puede contar para lo que sea.

Tengo un humor particular. Cuesta hacerme reir el humor moderno de estos días. Soy como de otra época. Creo que todavía no encontré aquello que me haga realmente reir. Sin embargo, soy una persona alegre, con alguna líneas bajas, pero con muchos momentos de felicidad (el ser feliz no existe, hay solo momentos).

No sé si algún día encontraré o si aparecerá alguien que quiera compartir la vida conmigo. Lamentablemente el amor no es para todos. Es otro sueño.

¿Quién sos? ¿Alguna vez te lo han preguntado? Guardo esto a modo de breve testamento. No quiero olvidarme quién soy, no quiero creer que "no soy".



Alejandro Martín Cabrera

sábado 2 de abril de 2011

Como música de fondo

Todas las noches paso a visitar a mi abuela para controlar que esté bien, con las luces apagadas, la llave de gas cerrada y el platito con los medicamentos, que debe tomar a la mañana siguiente ni bien se levante, en su lugar. Por suerte, siempre que llego está dormida junto a su radio, la cual escucha durante todo el día, aunque muchas veces no le preste atención. Ahí es cuando pienso que mi vida con la televisión es similar a la de mi abuela con la radio. Siempre está ahí, en mi cuarto, casi como música de fondo. Y cuando no está, el silencio se nota. Todavía hoy, reclamo a mi familia para que instalemos una tele en la cocina, pero el reclamo de su parte por una "charla familiar" es más fuerte. Las cosas no son como antes, cuando comíamos en el cuarto de mi mamá mientras veíamos mis primeros dibujos animados: "Cocomiel", "Dragon Ball", "Mr Hiccup". Era muy entretenido comer, mirar la tele, cantar con los personajes y jugar con las figuras de acción, todo a la vez. Y todo gracias a una pantalla que mostraba todo lo que quería. Bueno, quizás no todo... A veces, me hacían ver al aún vigente y aún aburrido programa de Grondona, "Hora Clave", mientras mi mamá me decía: "Ese fue mi profesor en la facultad". De todas formas, tengo que admitir que no todo lo que me obligaban a ver era aburrido. El gordito Lanata siempre me gustó en la televisión. No entendía de que hablaba cuando tenía yo siete años, pero me sacaba una sonrisa cada vez que lo miraba.

A medida que recuerdo, voy entrando en la cuenta de que todo aquello me lo mostró mi mamá. Con mi papá era distinto. Nuestras tardes en la tele tenían como protagonistas a Woody Allen y a sus películas o a Bugs Bunny y al Pato Lucas. Me doy cuenta de esto porque es hoy el día en que sigo haciendo cosas distintas con cada uno de ellos.

Costó, y mucho, independizarme para ver yo solo la tele y ver lo que yo quería. Me gustaba estar en compañía de alguien, disfrutar con alguien. La inoportuna separación de mis padres me ofuscó. No quería estar con ninguno de los dos. Y esa soledad, ese vacío que quedó como resultado, sólo lo pudo llenar la televisión, con las nuevas series de "Pokémon" y "Digimon". Ocupaban mi tiempo. Además, mi hermano estaba por cumplir los cuatro años y toda la familia se dedicó a cuidarlo.

No encuentro otras razones para decir que la televisión sigue siendo para mí una compañía. Y no encuentro otras razones para decir que hoy soy un fanático de los dibujos animados y del animé japonés. Muchos dicen que la televisión se ve más que lo que se escucha, pero yo necesito escucharla para saber que está y para saber cuando mirar. No me importa tanto si es "Gran Hermano", "6,7,8" o "Fútbol para todos" lo que pasan en la tele porque nada me aburre. Cualquier noticiero me viene bien, porque me importa más el título que el contenido, aunque las imágenes de explosiones y desastres naturales son las únicas que atraen a mis ojos. Atrás quedaron los sentimientos por ver "Show Match", "Campeones" y "Detective Conan". Lo único que quiero es tener compañía, porque, al igual que dice mi abuela, no hay nada más triste y aburrido, que sentirse solo.



Alejandro Martín Cabrera

lunes 31 de enero de 2011

Porque las rosas vuelan

Decidí salir a caminar por la pradera. Mi objetivo era claro. Observar a los enamorados y a todas aquellas personas que creen en el amor y en cariño hacia otra persona. Como una especie de robot sin sentimientos ni fuentes de información emprendí mi recorrido con la cabeza abierta a cualquier cosa. Buscar información, anotar, registrar, deducir, preguntar, dudar. Tanto se puede hacer con solo caminar. Y no se necesitan más de dos pasos para ver algo nuevo. Allá a lo lejos se ve a los niños corriendo hacia los brazos de una mujer, de una madre. Otros dirían "de "su" madre". Del otro lado un grupo de chicos abrazan a otro que parece desprender gotas de agua de sus ojos. "Lo apoyan" dicen que se dice. Más cerca una pareja camina tomada de la mano. Se miran a los ojos buscando alguna especie de aprobación. Poca conversación, pero una gran energía parece unirlos. "Compromiso" lo llaman. Tanto se puede ver con tan solo dos pasos. Y me doy cuenta de todas estas cosas porque las rosas vuelan. Alrededor de aquella madre, de aquellos chicos y de esa pareja los pétalos de miles de rosas giran con aquel viento que todo mueve. En una pradera las rosas vuelan todo el tiempo.

Sin necesidad de siquiera dos pasos más, me entero de que todo puede cambiar. Los niños peleaban por obtener un juguete que el olvido llevó a sus pies, a sus manos. La mamá, con algo que llamaría desesperación, intenta, parece, calmarlos con gritos claros y de autoridad. El chico que antes lloraba ahora se encontraba sentado en una esquina junto a un poste. "Soledad", escuché. Miraba hacia abajo, con las rodillas hacia arriiba y los brazos abrazando sus piernas. El resto de los muchachos ya no se encontraba ahí. La pareja ya no caminaba de la mano y sus ojos no querían encontrarse. Cada uno tomó un camino cuando la pradera de bifurcó. "Separación" salió de mis labios. Cada paso trae muchos sorpresas. Y todas las situaciones parecen suceder por lo mismo. Porque las rosas vuelan. Es lo único que se repite en cada caso. Común denominador lo llamaría. Realmente es el viento, que todo mueve.





Alejandro Martín Cabrera

lunes 13 de diciembre de 2010

Nieve

¿Sabes? Siempre me he preguntado porqué la nieve es blanca y cae sobre todos nosotros. De chico pensaba que los copos eran lágrimas de las nubes. Me gustaba confundirla con la lluvia. Pero hoy comprendí que la nieve es como mi mejor amigo. Quizás el destino les tenía preparado un accidente a ambos. Es probable que estuviera escrito en sus diarioss que todo lo iban a olvidar. Y así olvidaron quiénes eran, de qué color eran. Pero no son lágrimas de las nubes. Nosotros, que estamos siempre alrededor, caemos sobre mi gran amigo como gotas que no puede comprender. Somos gotas que negligentemente queremos que sea una gota, una lágrima más. Somos las lágrimas de las nubes, de las grises nubes. Y queremos pintar a nuestro amigo, a nuestro copo de nieve, del gris que somos. Creo que la nieve podría ser de cualquier color, menos gris. Él no entiende porqué es gris, pero se siente triste. Claro, muy en el fondo, muy por dentro sabe que ese no era su color. Siente una extraña sensación que nunca va a entender. Quiere recordar, pero el gris alrededor suyo no lo deja ver, quieren darle otra identidad. "Sos el copo de nieve que no sabe de qué color era". Se siente impotente.

Pero sin recuerdos, su mente se siente fuerte, decidida. Quiere dejar de ser un copo de nieve sin memorias. Quiere recuperar su color. No. Sabe que es imposible. Ahora quiere pintar su vida de otro color. Sino puede recordar de qué color era, desea por lo menos llenar espacio de aire con nuevos colores, nuevos recuerdo. Pero no puede hacerlo sólo porque a su alrededor solo hay gris. No puede hacerlo, porque todos se han convertido en gotas de lluvia. Y también parecen haber olvidado, de qué color eran.


Alejandro Cabrera

martes 7 de diciembre de 2010

Extraño Sentimiento

Este sentimiento... algo así como la tristeza. O quizás es como el vacío o tal vez como la soledad... pero es una sensación que me hace sentir bien. Extraño sentimiento...

Es parecido a lo que uno busca cuando sube a un puente y espera que pase el tren, o que por lo alto vuele un avión. Triste, pero relajante. Mi rostro no busca sonreir, pero toma un hermoso color, sin la necesidad de la luz del sol.

¿Será soledad por un lado y calma por el otro? ¿Será vacío por un lado y plenitud por el otro? ¿Será tristeza aquí y satisfacción allá?



Ojalá sea tan solo un poco de paz. Y ojalá dure por siempre. Quizá no sea la felicidad, pero es una extraña sensación de bienestar que quiero disfrutar.





Alejandro Cabrera

sábado 2 de octubre de 2010

Ya no duele más

Mis ojos no quieren pestañar. No quieren perderse ni un segundo de aquella escena que las pupilas estaban grabando. La aguja y la piel, una frente a la otra. Sostenía la puntiaguda figura con su mano y se disponía a pichar, a penentrar aquella suave y delicada piel... su piel. En los primeros segundos su mano no respondía. Temblaba, asustada, atada por el instinto que le decía que no debía seguir con aquello. Costó, pero el deseo de seguir adelante con esta prueba superó los límites. Ya sudando y con la tensión al máximo, la aguja dió el primer pinchazo.

El dolor fue intenso. Sin embargo, evité gritar, firme en seguir adelante. Mis ojos lo grababan todo. Mi mano, decidida, comenzó a penetrar la aguja en la piel, tal como lo hace una espada en la piedra. Las primeras gotas de sangre aparecieron de repente. Mi piel lloraba. Me decía que pare, que no la lastime, que tenía miedo, que sentía dolor. Mis ojos también lloraban. Una mezcla de desesperación y ansia se apoderaron de mi. Quería parar, gritar, llorar y sanar aquella herida, ferviente, que no paraba de arder. Y a pesar de que mi mente parecía estar a punto de arrepentirse, mi mano ya no pudo parar. La agujá se apoderó de mi piel. Traspasó no sólo mi piel, sino también mis arterias, mi carne, hasta chocar con el hueso. El dolor fue muy fuerte, demoledor, pero más breve de lo esperado. Mi piel no ardía a pesar de que lloraba cada vez más fuerte. Ya no sentía dolor. Vencí al dolor, quizás uno de los más fieles lacayos de la muerte, junto al miedo. Ya no dolía, y no volvería a hacerlo. Cicatrizará la herida, encerrando dentro de ella al dolor, que jamás volvería a presentarse, por lo menos, hasta que alguien quiera sacarla...



Alejandro Martín Cabrera