Whatever will be, will be.

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sábado 2 de octubre de 2010

Ya no duele más

Mis ojos no quieren pestañar. No quieren perderse ni un segundo de aquella escena que las pupilas estaban grabando. La aguja y la piel, una frente a la otra. Sostenía la puntiaguda figura con su mano y se disponía a pichar, a penentrar aquella suave y delicada piel... su piel. En los primeros segundos su mano no respondía. Temblaba, asustada, atada por el instinto que le decía que no debía seguir con aquello. Costó, pero el deseo de seguir adelante con esta prueba superó los límites. Ya sudando y con la tensión al máximo, la aguja dió el primer pinchazo.

El dolor fue intenso. Sin embargo, evité gritar, firme en seguir adelante. Mis ojos lo grababan todo. Mi mano, decidida, comenzó a penetrar la aguja en la piel, tal como lo hace una espada en la piedra. Las primeras gotas de sangre aparecieron de repente. Mi piel lloraba. Me decía que pare, que no la lastime, que tenía miedo, que sentía dolor. Mis ojos también lloraban. Una mezcla de desesperación y ansia se apoderaron de mi. Quería parar, gritar, llorar y sanar aquella herida, ferviente, que no paraba de arder. Y a pesar de que mi mente parecía estar a punto de arrepentirse, mi mano ya no pudo parar. La agujá se apoderó de mi piel. Traspasó no sólo mi piel, sino también mis arterias, mi carne, hasta chocar con el hueso. El dolor fue muy fuerte, demoledor, pero más breve de lo esperado. Mi piel no ardía a pesar de que lloraba cada vez más fuerte. Ya no sentía dolor. Vencí al dolor, quizás uno de los más fieles lacayos de la muerte, junto al miedo. Ya no dolía, y no volvería a hacerlo. Cicatrizará la herida, encerrando dentro de ella al dolor, que jamás volvería a presentarse, por lo menos, hasta que alguien quiera sacarla...



Alejandro Martín Cabrera

1 COMENTARIOS:

Anónimo dijo...

"masoquistamente genial"