Decidí salir a caminar por la pradera. Mi objetivo era claro. Observar a los enamorados y a todas aquellas personas que creen en el amor y en cariño hacia otra persona. Como una especie de robot sin sentimientos ni fuentes de información emprendí mi recorrido con la cabeza abierta a cualquier cosa. Buscar información, anotar, registrar, deducir, preguntar, dudar. Tanto se puede hacer con solo caminar. Y no se necesitan más de dos pasos para ver algo nuevo. Allá a lo lejos se ve a los niños corriendo hacia los brazos de una mujer, de una madre. Otros dirían "de "su" madre". Del otro lado un grupo de chicos abrazan a otro que parece desprender gotas de agua de sus ojos. "Lo apoyan" dicen que se dice. Más cerca una pareja camina tomada de la mano. Se miran a los ojos buscando alguna especie de aprobación. Poca conversación, pero una gran energía parece unirlos. "Compromiso" lo llaman. Tanto se puede ver con tan solo dos pasos. Y me doy cuenta de todas estas cosas porque las rosas vuelan. Alrededor de aquella madre, de aquellos chicos y de esa pareja los pétalos de miles de rosas giran con aquel viento que todo mueve. En una pradera las rosas vuelan todo el tiempo.
Sin necesidad de siquiera dos pasos más, me entero de que todo puede cambiar. Los niños peleaban por obtener un juguete que el olvido llevó a sus pies, a sus manos. La mamá, con algo que llamaría desesperación, intenta, parece, calmarlos con gritos claros y de autoridad. El chico que antes lloraba ahora se encontraba sentado en una esquina junto a un poste. "Soledad", escuché. Miraba hacia abajo, con las rodillas hacia arriiba y los brazos abrazando sus piernas. El resto de los muchachos ya no se encontraba ahí. La pareja ya no caminaba de la mano y sus ojos no querían encontrarse. Cada uno tomó un camino cuando la pradera de bifurcó. "Separación" salió de mis labios. Cada paso trae muchos sorpresas. Y todas las situaciones parecen suceder por lo mismo. Porque las rosas vuelan. Es lo único que se repite en cada caso. Común denominador lo llamaría. Realmente es el viento, que todo mueve.
Alejandro Martín Cabrera
lunes 31 de enero de 2011
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