Debe tener una obsesión, debe ser codicioso, debe estar orgulloso de lo que hace. Todo lo que empieze debe terminar. Sería un gran personaje si fuera escritor, o si por lo menos le gustara escribir.
Vamos a llamarlo Martín y vamos a darle... 13 años, para empezar. Una edad dónde las fascinaciones y los caprichos surgen con mucho furor.
Tendrá un compañero, un amigo. De esos que te copian todo. Y del que se va a copiar también. El amigo tendrá un capricho, como todo niño. Este soñará con tener su biografía escrita, con tener un documento que redacte todos sus juegos, sus aventuras, sus sueños y chistes. Martín, dominado por la emoción de escribir decidirá hacerse cargo de semejante desafío. Noche y día irá detrás de su compañero para escuchar cada una de sus historias, cada detalle, para hacer la más perfecta biografía que mundo hubiera hecho. Pero el tiempo pasa y los chicos crecen. Aunque el sueño y la emoción de Martín no desaparecieron, el capricho y el juego de su amigo cambiaron por cansancio y nuevos sueños. El capricho de un niño pasó a ser un dicho pasajero. "Éramos chicos", dirá. Pero nada de lo que diga sacará a Martín de su camino. Decidido a terminar lo que empezó, lo perseguirá, lo observará todos los días. El futuro libro era su futuro, y su vida en el presente era el boceto de todos los días. Su pasión se había convertido en una obsesión. Y dejará de lado muchas cosas. Al amor de su vida, a su familia, a sus amigos, todo por su único destino en la vida.
Pero así como el tiempo a veces pasa. Otras veces no puede avazar más. La muerte del amigo, protagonista del trabajo de Martín, dejará llena de incógnitas las siguientes hojas. La imagen del Martín escritor se quiebra para modificarla levemente. La fotografía es la de Martín, escribiendo el fallecimiento de su amigo mientras llora torrencialmente, a causa de la interna lucha entre el dolor y su obsesión. Las letras habrá encontado su final demasiado pronto, y sin hojas que llenar, Martín no sabrá ya lo que es un sueño.
Alejandro Martín Cabrera
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